Sexualidades plásticas

Tener una vida plástica significa, en algunos contextos, hablar de superficialidad, una vida hecha para el desecho; los objetos de plástico, se asume en este tipo de aseveraciones, tienen menor durabilidad, o presentan una menor calidad a la de otros materiales. Este uso peyorativo de la palabra, sin embargo, no altera el hecho de la apabullante cantidad de cosas de plástico que nos envuelve: botellas, mangueras, tubos, juguetes sexuales. La cotidianidad está rodeada de esta superficialidad que ahora recubre la vida. En este texto queremos restringir el campo de lo abarcable por la vida plástica, para hablar del material con el que están hechos nuestros dildos, vibradores y algunos otros juguetes sexuales.

La producción de juguetes sexuales comprende diversos materiales; algunos de los más populares son el vidrio, la madera y, por supuesto, una de las variantes del plástico: el silicón. Es importante aclarar que el silicón con el que están hechos los juguetes sexuales no es el mismo que el elemento químico que lleva este nombre. El material que comúnmente conocemos como silicón es un compuesto hecho de, entre otras cosas, al silicón que es un elemento químico, pero dado que contiene también otras sustancias y procesos en diversas medidas, no es de ninguna manera equivalente, ni se reduce a ese elemento.

No pretendemos invisibilizar las alternativas orgánicas al silicón, como es el caso de frutas y verduras que han sido usadas en dirección paralela a la de los juguetes tecnologizados. Tampoco nos parece que haya que negar el movimiento DIY, que promueve la elaboración de los propios juguetes, o que presenta alternativas a las compañías de smart dildos que almacenan nuestros datos cuando conectamos nuestras vulvas y anos a su red.

Sin negar todas estas variantes materiales de las posibilidades de los encuentros sexuales con seres no humanos, lo cierto es que lo que nos interesa aquí es explorar la superficialidad que rodea al silicón, y que se hace patente cada vez que un encuentro erótico con un juguete sexual tiene lugar. ¿Cuáles son las relaciones que se producen entre el plástico siliconado y la piel? ¿Cuál es la singularidad de esta forma de producción de placer?

Entre los círculos ecologistas, el plástico se ha vuelto un material impopular. Después de décadas de un uso exorbitante, sin soluciones concretas para su desecho, finalmente han comenzado esfuerzos para disminuir los daños ambientales producidos por los largos ciclos temporales de la descomposición de los plásticos. El rechazo a estos compuestos no ha evitado, sin embargo, que las grandes (y pequeñas) empresas productoras de juguetes sexuales fabriquen y publiciten productos hechos de diversos tipos de plásticos, dando como resultado un discurso que sirve tanto como para estimular el consumo, como para justificar el uso de materiales riesgosos en dichos productos.

Es importante señalar que no hablaremos aquí de los juguetes sexuales cuyos materiales son de fábrica incompatibles y agresivos con el cuerpo humano. Estos objetos existen, pero consideramos que la toxicidad que manifiestan es de un tipo diferente al de la toxicidad que pueden presentar los dildos y otros juguetes que silicón, cuya toxicidad es potencial, y no de facto, como en el caso de los juguetes que simplemente no deberían introducirse en el cuerpo.

La popularidad del silicón en el mercado de los juguetes sexuales está relacionada principalmente con dos discursos: 1) el discurso de la mimesis y 2) el discurso de la higiene. El silicón, según la lógica mimética, provee a los plásticos de una cualidad similar a la de los materiales biológicos de nuestros cuerpos. En relación con este discurso se encuentra, por ejemplo, el desarrollo de materiales como la cyberskin, de la que el silicón es un componente, cuyo último fin es la máxima similitud posible con la textura de la piel humana. La cyberskin ha dado lugar a juguetes sexuales escalofriantes, por su parecido con cuerpos humanos mutilados: torsos que aislan la mitad superior del cuerpo humano como dispositivo erótico, cabezas de mujeres que se llenan de agua tibia para semejar la temperatura de un blowjob, etc.

 

Por otro lado, en el discurso de la higiene se argumenta que los juguetes sexuales de silicón son amigables al contacto con el cuerpo, por lo que no nos exponen al riesgo de infecciones y enfermedades. Su mantenimiento y limpieza serían fáciles y asequibles a cualquiera que desee usarlos. Las etiquetas “Medical Silicone” y “body-friendly” se han vuelto indicadores de que un juguete sexual no contiene materiales que produzcan una textura porosa. Las texturas porosas son problemáticas porque son difíciles de limpiar, lo que resulta en un mayor riesgo de almacenar bacterias que producen enfermedades e infecciones. Estas circunstancias riesgosas son la causa de que muchos empaques de juguetes sexuales vean la necesidad de tener una marca indicadora de que están hechos 100% de compuestos aptos para uso médico.

La marca del Medical Silicone funciona como una interfaz que indica al usuari_ que el material de su juguete es apropiado para entrar en contacto con su piel. Sin embargo, a pesar de lo que pudiera parecer, este tipo de etiquetas no nos proveen de información clara y detallada con respecto a los componentes del tipo de silicón que se ha usado en la producción de un objeto específico. Además, la industria de la producción de juguetes sexuales carece de regulaciones de seguridad apropiadas, tanto a nivel de cada país, como en el nivel internacional. Esto, por supuesto, ha dado lugar a la existencia de juguetes marcados con tales etiquetas que, a pesar de sugerir o de plano negar que están hechos con materiales poco seguros, contienen agentes potencialmente dañinos, como pasa con el PVC (Policloruro de vinilo).

El conflicto en la producción de juguetes sexuales de silicón es un encuentro entre los dos discursos anteriormente mencionados. Por un lado hay una demanda de que todo objeto que se involucre en un proceso sexual con cuerpos humanos tenga alguna similitud con esos cuerpos, en este caso la similitud de la textura (aunque no necesariamente el color), el silicón parece funcionar bien a este propósito. Por otro lado, los materiales con los que dicha similitud es lograda resultan tóxicos en niveles globales y ambientales, dadas las dificultades conocidas para manejar los desechos plásticos, así como en niveles singulares y microscópicos en el que se almacenan las bacterias, puesto que el hecho de que el silicón sea un componente de un juguete no garantiza que este no sea poroso, y por lo tanto que pueda desarrollar diversos grados de toxicidad bacteriana hacia el cuerpo humano. Ser potencialmente tóxica es una característica singular de la producción de placer con juguetes sexuales de silicón. ¿Cuáles son nuestras alternativas? ¿Podemos hablar de sexualidades plásticas y tóxicas?

Las consecuencias de los encuentros eróticos con juguetes tóxicos o potencialmente infecciosos son concretas. No queremos negarlas. Sin embargo, el plástico ya está aquí, poblando nuestros entornos y teniendo encuentros eróticos con nuestros cuerpos. La producción masiva de vibradores, dildos, butt plugs, no se detiene. Mientras esfuerzos locales por escapar a este mercado siguen creciendo, las grandes compañías productoras determinan, en buena medida, cuáles son los materiales con los que los cuerpos se convierten en máquinas de placer.

¿Cómo explorar esta sexualidad tóxica en la que nos encontramos envuelt_s? ¿Podemos aprender algo de lo tóxico? ¿Cuál es nuestro papel al recorrer la línea cósmica tóxica que conecta al planeta con nuestro clítoris? Lo tóxico, como lo superficial, es por lo general evaluado negativamente. Esta evaluación corresponde con su ubicación en los casos que hemos mencionado, tanto en el nivel ambiental como en el concreto de infecciones producidas por el uso de materiales porosos. Es urgente demandar productos que no nos dañen, pero ¿es esta urgencia incompatible con la demanda de sexualidades cósmicas? Nuestros cuerpos están ya imbricados con la virtualidad de las bacterias infecciosas y la actualidad del tiempo ancestral del petróleo con el que están hechos los plásticos.

Quizás de todo el daño producido por lo tóxico generado en el encuentro de los poros de los plásticos y nuestros cuerpos, podemos aprender que nuestras vulvas están conectadas a un sistema más amplio que el que se construye, en lo que a primera vista parece un encuentro íntimo, entre el dildo y la piel. Lo tóxico nos demuestra que en cada interacción hay más que una relación entre juguete y cuerpo humano. De las sexualidades plásticas podemos aprender cómo construir sexualidades cósmicas, cómo complejizar los sistemas en que tienen lugar los encuentros eróticos con las tecnologías de lo masturbatorio. Comprender la complejidad de la materialidad en que tienen lugar los encuentros sexuales es una vía para politizar sus formas de producción, promoción y mercantilización de la sexualidad. Aunque tal vez esta es una conclusión superficial.

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